multitud.JPG (Foto: La Tercera)

Comenzó como algo tímido. La Tele y algunas radios de a poco emprendieron un rápido proceso de legitimación del calificativo, tantas veces repetido, de “General del pueblo“. Hasta que ya lo emplearon sin ningún matiz. Y por supuesto sin dejar ningún espacio para que alguien se preguntara siquiera sobre la validez de este tratamiento.

Entre tantos lugares comunes y frases irreflexivas, pequeñas luces de sensatez.

En el programa de Chilevisión “7 Días”, el periodista Cristian Barreau se atrevió a discrepar abiertamente de este título mediático, ante la incomodidad de su compañera de labores. Hoy también en La Nación se consulta a distintos actores sociales que tampoco fueron víctimas de la hipnosis televisiva. En Tolerancia Cero, Matías del Río planteó algo desde el sentido común: “Si se le hubiere preguntado a la gente quien era Bernales, antes del accidente, muy pocos sabrían responder…”

Toda la prensa de hoy destaca la masividad de las exequias, lo que refrendaría el predicamento sobre la ligazón popular del fallecido general Bernales. Es verdad, mucha gente salió a las calles. Los cálculos oficiales estiman que fueron 50.000 las personas que despidieron el cortejo fúnebre.
Pero es muy poca gente para un “general del pueblo”. Las expectativas eran mucho más altas si se considera que la noticia monopolizó la agenda. Por lo demás la mayoría de las personas que fueron entrevistadas por televisión eran familiares de carabineros.
Las circunstancias nunca son iguales pero existen referencias que nos permitan tener algún parámetro. Recordemos que cuando se despidió a Gladys Marín en 2005, las cifras más conservadores hablaban de 500.000 personas, en un día laboral.
Inclusive, el velatorio del extinto dictador Augusto Pinochet tuvo una asistencia superior, de aproximadamente 60.000 adherentes.

Y lo decimos sin desmerecer la dimensión humana de este hecho, como ya lo hicieramos antes. Pero contrastado crudamente el relato con la realidad, nos encontramos de frente con un poder avasallador, capaz de construir una falsificación de la memoria colectiva. ¿Serán ahora los olipopolios quienes escriben la historia, y ya no los vencedores?

Por otra parte, internet en esta vuelta se valida como un espacio mucho más democrático que los medios tradicionales. El discurso único no convence a todos. En el periódico El Ciudadano, una columna crítica recibe múltiples y diversos comentarios, algo inimaginable en la Tele, donde hasta lo inexistente puede tomar cuerpo, si se repite mil veces.

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