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O bien un festival de autocomplacencia. El capítulo de la serie  “TV o no TV” de Canal 13,  dedicado a la primera etapa de la dictadura entrega una curiosa versión del trabajo de los canales de televisión.

Todos ahora son víctimas. De la represión y de la censura.  Todos, incluídos aquellos periodistas más identificados políticamente con el régimen. La voz amable y juvenil de Sergio Lagos pretende hacer más creíble un relato con numerosas lagunas, verdaderos forados,  salpicado de lastimosas declaraciones exculpatorias de los protagonistas de la pantalla chica.

Pablo Honorato, De la Maza, hasta Julio Lopéz Blanco son presentados como pobres funcionarios que no les quedó otra que soportar la tijera. Respecto de éste último, se llega al increíble extremo de exagerar un incidente con un militar por una nota sobre el funeral de Neruda.

Y aunque se critica la censura, el propio programa la aplica sin remordimiento alguno. En un pasaje se refiere en términos muy diplomáticos a la colaboración directa prestada por algunos periodista a los aparatos represivos. Pero claro, eso es demasiado. Nombres y apellidos son imposibles de pronunciar en televisión. Un antecedente obvio de incorporar es la sanción aplicada por el Colegio de Periodistas a Claudio Sanchez y a Julio López Blanco por su participación en un montaje de la DINA.

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The show must go on

El papel del espectáculo televisado merece algunas palabras. “TV o no TV” eleva a la categoría de lumbrera a Don Francisco, y por supuesto de benefactor ubicado en el pedestal más alto de la historia. Eso ya es conocido.

En este programa se echó de menos lo de siempre: voces críticas, alguna mirada inteligente o al menos distinta. Jaime Celedón y Alejandro Guillier cumplieron en algo aquél requerimiento en la dimensión política del asunto.

En lo que se refiere al show, al soporte magazinesco de la tiranía, no hay contrapeso alguno. Nadie que cuestionara  el concepto mercantil de solidaridad implantado por Don Francisco y toda la industria.
O que retrucara la infantil visión sobre el espacio de TVN, Jappening con Ja. Que era gracioso, tal vez lo era. Pero de ahí a hablar del “humor en tiempos difíciles” o escuchar a Eduardo Ravani afirmar que ellos intentaban “hacer un humor desafiante” hay bastante distancia.

No era esperable un mea culpa, de modo que no hay porque amargarse. Pero incluso en términos de la calidad del espacio, estructura, guión, etc, el resultado es bastante pobre. Un relato desenfocado, arbitrario hasta decir basta y carente de todo contexto histórico.

¿Será real aquello de que en Almorzando en el 13 asistían “todas las figuras del mundo político”? ¿Alguien revisó esas líneas?

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