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Resulta una tarea en extremo difícil realizar un juicio político condescendiente sobre el perfil del fallecido empresario ultra conservador Ricardo Claro. Eso, si hacemos una justa ponderación de su trayectoria pública como partícipe de un sector civil colaboracionista de la dictadura militar. En ese ámbito, no aparece como necesario gastar demasiada tinta, pues siempre fue un fiel seguidor de los militares y claro, supo sacar ventajas personales de sus redes de poder.

 Si lo miramos en tanto industrial de los medios de comunicación, el balance no puede ser sino severo.  Los medios  de su propiedad lo reflejan de cuerpo entero: sesudos análisis económicos para la elite, Capital y el Diario Financiero, y para la chusma una mezcla de crónica roja, vulgaridad, estupidez, censura y fundamentalismo religioso. Estos últimos productos transmitidos diariamente por la señal de Mega, primer canal privado adjudicado al inicio de la transición. Que (es necesario recordar) utiliza un bien público, el espectro radioeléctrico, en forma gratuita y negándose siempre a dar espacios a campañas  que sirven a toda la sociedad.

Lo más osado que se ha dicho en el día de hoy sobre Claro, es el episodio del Piñera-Gate. De su condición de político ligado a la dictadura, poco se dice. No debe sorprendernos, ya habíamos constatado como opera el blanqueo mediático incluso respecto de personajes aun vivos, como Sergio Onofre Jarpa.

Algunos, sin embargo, como el ex presidente Ricardo Lagos ven en el empresario a un defensor de la libertad de expresión. Y todo porque fue panelista de un programa radial en los 80. “La primera ‘ventanita’ que se abrió (hacia la libertad de expresión)…” dice Lagos.

Que poco sabíamos de Ricardo Claro. Ni lo imaginábamos.
El  ex-presidente va mucho más lejos: “hizo un servicio importante al país, era un demócrata real, convencido“.

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