elecciones

*Por Gustavo Menares D., columnista invitado

Lo más probable es que este domingo acontecerá un retroceso político en la historia de nuestro país. Después de 52 años la derecha volverá a ganar una elección presidencial. La última ocasión había sido en el año 1958, oportunidad en que Jorge  Alessandri Rodríguez llegó a La Moneda con un 31,2% de los votos, y dado que no obtuvo mayoría absoluta, necesitó del apoyo del Partido Radical en el Congreso Nacional para poder alcanzar el Gobierno.A la luz de las encuestas y del más probable pronóstico para hoy, cabe preguntarse, qué ha cambiado respecto de la elección presidencial de 1958 y la del 2010.

Desde ya dos fenómenos importantes, que interesan en este artículo, entre muchos otros.En primer lugar, el porcentaje del electorado nacional que representa la derecha, y en segundo lugar, el hecho de que la derecha se favorece de un sistema electoral binominal además de haber perdido el miedo, siendo hoy capaz de gobernar por sí misma, sin necesidad de terceros partidos detrás de los cuales camuflarse.

En efecto, sabido es que históricamente en un sistema electoral proporcional la población votante se dividía en tres grandes tercios, en torno a los cuales se acomodaban las fuerzas políticas en diversas alianzas, y que uno de estos tercios correspondía a la derecha. Fue de esta manera hasta el año 1973, fecha en que tras el Golpe de Estado se suprimieron, entre muchas otras cosas, los partidos políticos y las elecciones.

Desde la institucionalidad, mientras gobernaban los sectores de la derecha más reaccionaria, se educaba y fomentaba el apoliticismo y el desprestigio de la actividad política. Sin embargo, pese a este supuesto apoliticismo, la derecha no se quedó dormida en los laureles, y durante este período constituyó, organizó y amplió diversas expresiones políticas, tales como el Movimiento de Unión Nacional, el Movimiento de Acción Nacional (Ex Patria y Libertad), el Frente Nacional del Trabajo, la ultraderechista Unión Demócrata Independiente, Avanzada Nacional y Renovación Nacional; ello sin considerar otras expresiones menores de carácter fascista como el Movimiento Revolucionario Nacional Sindicalista, además de grupos nacionalsocialistas de distinta naturaleza.

Producto de este proceso el resultado final para la derecha, desde una perspectiva electoral, fue una ganancia, y es el que se marcó en el plebiscito del año 1988, que significó un crecimiento de su base de apoyo, la cual se incrementó a un 44,01% de los votos. Porcentaje que ha oscilado muy poco en las elecciones habidas a posteriori, salvo la elección presidencial de 1993 en que obtuvo un 30,59% de los votos. Al analizar los resultados electorales, es posible constatar que en la elección presidencial de 1989, la votación de Hernán Büchi y Francisco Errázuriz, alcanzó en conjunto un 44,83% de los votos. Luego, la elección de 1993, por razones que señalaremos, constituyó un desastre para la derecha y sólo logró un magro 30,59%.

Sin embargo, en la elección presidencial de 1999, la derecha se recuperó y retomó la iniciativa alcanzando Joaquín Lavín un 47,51% de los votos en primera vuelta y un 48,69% en segunda. Por último, en la elección presidencial del año 2005 la derecha fue dividida, en primera vuelta al sumar los votos de Joaquín Lavín y Sebastián Piñera obtuvo en conjunto un 48,64% de los votos, y en segunda vuelta Piñera obtuvo un 46,50% de los votos.

De los porcentajes anteriores no cabe otra posibilidad que no sea inferir que la derecha durante los gobiernos de la Concertación no sólo ha mantenido su cuota electoral, sino que la ha incrementado levemente acercándose cada vez más a la mayoría absoluta que necesita para ser Gobierno.

Ahora bien, el crecimiento electoral de la derecha en esta elección está acompañado además de otro factor cual es la pérdida del miedo a la transformación de su modelo de sociedad y por ende la pérdida de sus privilegios, razón por la cual ya no necesitan gobernar a través de otras fuerzas políticas, sino que pueden hacerlo por sí mismos, ya que tanto internamente en el país como a nivel internacional han logrado posicionarse y desmarcarse de la figura de Pinochet, y salvo algunos sectores duros de la Unión Demócrata Independiente, busca proyectarse como una derecha más tirada hacia el centro, democrática, moderna y liberal, que mira más hacia Europa que hacia los resabios del pasado dictatorial.

En este punto es preciso recordar que no obstante no haber gobernado la derecha en 50 años, salvo el período de Allende, sí ha detentado el poder todos estos años.

En efecto, en las elecciones presidenciales de 1964 Eduardo Frei Montalva (PDC) resultó electo con el 56,09 de los votos, con el apoyo de la derecha que ante el miedo que Allende se impusiera en las urnas abandonó a su candidato, volcándose en masa a votar por Frei, bajo consejo y supervisión de EEUU y su Alianza para el Progreso, como forma de contrarrestar el influjo que produjo en el Pueblo Chileno la Revolución Cubana. Asimismo, es preciso recordar también que esto no fue sólo un cambio de Gobierno, sino que fue un proyecto más grande que efectuó una transformación del modelo económico imperante en Chile de sustitución de importaciones por uno desarrollista, que se vistió con el ropaje de un Partido Demócrata Cristiano policlasista de hegemonía burguesa, y amparado en una ideología humanista cristiana con fuertes vínculos con la iglesia, a la sazón ultra conservadora y reaccionaria.

Con el Presidente Salvador Allende la derecha no tuvo contemplación, atemorizados por el avance del movimiento popular, no trepidaron desde sus inicios, bajo acciones militaristas, en impedir su asunción al poder y luego en derrocarlo, cosa que lograron en septiembre de 1973.Luego, con Pinochet, la derecha política y económica corrió a refugiarse al amparo de las botas militares.

En los inicios al interior del régimen se produjo la gran pugna entre un proyecto de sociedad nacionalista-corporativista y uno de corte neoliberal, triunfando éstos últimos, e imponiendo su modelo de sociedad que perdura hasta hoy, por medio de leyes de amarre y una transición negociada que buscó dar garantías de continuidad y estabilidad de los sectores que detentaban el poder real.Sin lugar a dudas, el cambio que más atemorizó a la derecha y la tensionó fue el traspaso de mando de Pinochet a Aylwin y los primeros años de gobierno de éste, en que los políticos y empresarios de derecha estaban temerosos del rumbo incierto que podía tomar el país.

No obstante, después de la muerte de Jaime Guzmán el Gobierno de Aylwin dio plenas garantías a la derecha política y económica que sus intereses serían resguardados, reprimiendo, neutralizando y terminando de desmovilizar los últimos resabios del movimiento popular. Con Eduardo Frei Ruiz-Tagle, la derecha vuelve a sentirse segura, y de ahí el alto apoyo en su elección, a diferencia del Gobierno anterior sobre el cual se cernió  la sombra de Pinochet, el de Frei fue más exitoso para el gran empresariado, ya que insertó a Chile en la comunidad internacional de naciones y legitimó el modelo económico, aumentando sus arcas y bolsillos. Tareas que continuaron Lagos y Bachelet, quienes terminaron de consolidar una institucionalidad de derecha, un modelo económico neoliberal y un sistema electoral binominal, que en ningún momento ha habido voluntad política real de cambiar.

Durante estos años el barómetro para medir al candidato que da seguridad a los intereses de la derecha es la opinión del Centro de Estudios Públicos, representantes de los intereses del gran empresariado, organismo que de modo invariable en las últimas elecciones ha apoyado públicamente a los candidatos de la Concertación Eduardo Frei Ruiz-Tagle, a Ricardo Lagos y a Michelle Bachelet. Sin embargo, en esta última elección con su proyecto de sociedad y de clase ya consolidado no vacilaron en apoyar a uno de los suyos, como es Sebastián Piñera.

La Concertación es una coalición política conservadora, pero de carácter  liberal, progresista y democrática.  Si bien la derecha de Piñera no es la derecha de Pinochet, aún persisten sectores ultrarreaccionarios ligados principalmente a la UDI en su seno, que se opondrán a cualquier política de orden liberal que se pretenda imponer y serán obstáculo a cualquier cambio que se pretenda realizar en aras de mayor libertad, igualdad y justicia social, y que harán del programa de Piñera un buen cuento nada más.

Desde el mundo popular, hoy no existe forma de enfrentar y contrarrestar el poder de la democracia del dinero. No existe un movimiento popular organizado capaz generar un contrapoder.Desde el mundo popular no existe contracultura para neutralizar la cultura oficial de tiendas, malls y programas de televisión basura.Desde el mundo popular no existen medios de prensa alternativos en los cuales cobijar nuestras ideas, informaciones, necesidades y sueños.

Fue la Concertación la que durante los últimos 20 años ha cogobernando con la derecha política, custodiando los intereses del gran empresariado, que son en definitiva quienes hoy en Chile mandan. Fue la Concertación la que desarticuló el movimiento popular, cooptando líderes y dirigentes, entregando exiguas pensiones y beneficios a otros, desmovilizando la militancia de los partidos, apresando, torturando y matando dirigentes y militantes de organizaciones revolucionarias y Mapuches. Fue la Concertación la que no educó a la población, ni menos a su militancia, y transformó los partidos que la componen en bolsas de trabajo, donde reina el nepotismo, la parientocracia y el clientelismo político. Fue la Concertación la que no buscó generar conciencia en las personas sobre la defensa de la democracia, de las libertades públicas, y de los derechos civiles y ciudadanos.Fue la Concertación la que no movilizó a los ciudadanos ni a sus militantes en apoyo a la lucha democrático-reivindicativa de los trabajadores, estudiantes, Mapuches, deudores habitacionales, consumidores y otros, coludiéndose y optando por negociar con la derecha a espaldas del Pueblo.

Salvo una gran sorpresa, hoy en la noche lo más probable es que la Concertación deje de existir. Hoy la Concertación es insustancial y sólo la mantiene unida el poder y la ambición de sus dirigentes. Sin poder la Concertación no existe. De ser derrotada la Concertación dada la relación incestuosa que ha mantenido con los partidos de la Coalición por el Cambio, esta derrota sólo le pertenece a ella y a los partidos que la componen, y debería dar pié para comenzar a reconstruir un nuevo sujeto popular.

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