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La sanción no tardó en llegar. El respaldo de Marco Enríquez Ominami a la candidatura de Eduardo Frei viene a clausurar una luna de miel de largos meses entre el ex candidato presidencial  y El Mercurio.

Con elegancia, la portada  impresa del diario de Agustín reduce la esperada definición del diputado a una noticia de contexto, sin fotografía,  de inferior importancia que la previsión de dos obvios escenarios en las filas oficialistas.  Algo más explícita fue la página web que destacó una serie de comentarios de lectores que criticaban en duros términos la opción adoptada en las cercanías de la segunda vuelta.

La intencionalidad del diario queda en evidencia si retrocedemos al día 23 de septiembre del año pasado, cuando  Alejandro Navarro anunció abruptamente la capitulación de su candidatura en favor de Enríquez-Ominami.  De acuerdo a los propios criterios de cobertura de la prensa chilena, el escuálido apoyo que Navarro marcaba en las encuestas determinó una virtual inexistencia de éste.  En una voltereta, el decano dedicó la portada a la bajada del senador, como asimismo una extensa crónica a página completa, con cronología y entrevista incluida.  La exagerada amplificación de un hecho político de reducido impacto, pretendía precisamente apuntalar la candidatura de MEO en el inicio de la campaña formal.

Despejando las otras complejas variables que dinamizaron la campaña de Marco Enríquez (lenguaje frontal, crítica a la política cupular, programa, etc) queda como un dato de la causa que su irrupción como alternativa posible tuvo su sustento en los generosos espacios brindados por el oligopolio mediático.  Fue una importante plataforma que subsidió la precaria estructura organizativa que  logró formar. Es decir, existió también de por medio una definición política, utilitaria, desde el duopolio Edwards -Copesa, que irradió al resto de la industria de la información.

Ahora, ya no le sirve. El Mercurio viene  a fijar la línea. Probablemente en los meses siguientes el resto de la prensa conservadora se le plegará, aplicando al díscolo diputado el clásico modelo de marginación, salvo que su discurso pueda tornarse una vez más, poco riesgoso para los “grandes consensos”.

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