No es un deseo de última hora. Desde hace años la llamada Alianza por Chile persigue la privatización completa o el cierre del diario La Nación. Ese deseo está motivado, dice La Segunda,  por “razones de principios” como la “libertad de expresión”.  Surge un debate sobre el futuro del diario, teñido por ciertas premisas que se dan por válidas de tanto repetirlas.

La primera de ellas es que La Nación ha sido un mero instrumento propagandístico. Un  ”simple altavoz gubernamental” según el columnista de El Mercurio, Carlos Peña, quien proclama querer “salvar a La Nación“. Aun reconociendo que el diario se sobregiró en su apoyo al derrotado candidato Eduardo Frei, la afirmación constituye una simplificación interesada.  Por lo pronto, el duopolio  también tuvo sus candidatos, de modo que no es realmente crítico el punto.

Más allá de eso, La Nación exhibió mayor diversidad temática y de opinión que los periódicos que hoy buscan su liquidación. Y también fue muchísimo más pluralista que TVN, cuyo modelo algunos proponen aplicar al diario. En ese sentido, la  función de medio público fue mejor servida por el diario que por el mal llamado “canal de todos”.

En segundo lugar, la derecha se viene anotando un triunfo ideológico al convencer a muchos del cuestionamiento a la   existencia de un medio del gobierno.  ¿Dónde estaría la ilegitimidad? ¿No tienen los gobiernos derecho a comunicar aquello que estiman como logros de su gestión? Es decir, puede concluirse que sólo las minorías empresariales pueden bregar en el debate público con sus propios medios, pero no aquellos -que guste o no- obtuvieron respaldos masivos en las urnas.

La variante de esta idea, es que la mano invisible debe ser la guía sabia y única. Nada de subvenciones o financiamientos “distorsionadores”. Carlos Peña, afirma la necesidad de que La Nación esté sometido a “los rigores del mercado“.

Mirko Macari, fallido director de la nueva etapa del diario, sigue la misma línea argumentativa al sostener que “no hay ninguna razón para que el Estado subsidie un diario”. Agrega además que “los diarios no se dividen en diarios de izquierda y derecha…” sino que en “fomes y entretenidos” . Frase propia del discurso del fin de las ideologías, que permite intuir las razones de su elección por parte de los sectores más conservadores.

La experiencia demuestra que cuando un medio de propiedad estatal se somete a los “rigores del mercado”, termina siendo un instrumento propagandístico, no ya del gobierno, sino que de las cadenas de farmacias, AFPs, retail, etc. Ello, bajo la mascarada de directorios “pluralistas”.

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