El periodismo chileno no puede caminar y mascar chicle al mismo tiempo. El drama de la erupción del Volcán Chaitén copa todos los espacios de un modo tan absoluto que toda otra información queda relegada a un segundo y tercer plano. Aunque tal vez no toda, porque no costó mucho trabajo saber que Pellegrini logró un valioso triunfo en España o de las andanzas de Fernando González.
En el día de ayer fue rechazado un proyecto que abría camino a la modificación del sistema electoral binominal por la vía de aumentar los cupos parlamentarios. Una votación particularmente importante, antecedida por meses de conversaciones entre la Concertación, Renovación Nacional y el Partido Comunista. El propio candidato conservador Sebastián Piñera se pronunció en más de una ocasión en favor de terminar con la exclusión política, compromiso que se diluyó en medio de un sinfín de exigencias y maniobras dilatorias.
El sistema electoral define no sólo la composición del Congreso sino que el conjunto del diseño institucional de la Constitución del 80. Una manifestación palpable la vemos en el directorio de Televisión Nacional: cuatro directores son de la alianza de gobierno y tres de la derecha, lo que explica claramente el artificial equilibrio noticioso en relación a los dos bloques.
El binominal se refleja por cierto en la versión que los medios de comunicación nos entregan sobre la vida política de nuestro país. Ya nos acostumbramos a que toda actividad política (televisada, se entiende) se concentre con exclusividad en los pasillos de ministerios y el congreso. Más allá no existe nada. De esta suerte, aunque existan partidos políticos legales o movimientos ciudadanos que no tengan el carácter de tales, con presencia real en el mundo sindical, estudiantil o cualquier otro espacio social, quedan marginados la más de las veces de poder plantear un punto de vista y por consiguiente son invisibilizados para la población.
En este contexto, no debe sorprendernos que la votación de una reforma tan significativa apenas sea cubierta en un par de minutos, en una plana de un diario o que sencillamente no se mencione, opción que tomó Chilevisión.
¿Cómo se justifica ésto? Un diputado de derecha argumentaba que la gente quiere “20 hospitales más y no 20 diputados más”. Aquella falacia lavinista de que hay ciertos conflictos que que no interesan a la gente también permeó las pautas de los editores.
Es sin duda, un tema que pudo ser objeto de extensos reportajes con cifras, opiniones de los involucrados, en fin de un gran debate público, por qué no, un foro televisado donde se confrontaran posturas de cara a los electores.
¿Podremos tener democracia auténtica sin democracia informativa-televisiva? ¿Resulta viable impulsar cambios políticos sin que éstos puedan ser debidamente amplificados y transmitidos a toda la población?
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