El reportaje central de la edición dominical de La Tercera es un verdadero espejismo. Alvaro Vargas Llosa parece plegarse a la universal condena contra el bloqueo que mantiene Israel a la Franja de Gaza. Lamenta a cada momento las condiciones de vida de los palestinos en Gaza e incluso cuestiona la política israelí en términos que parecen duros.

Sin embargo, el esfuerzo por justificar el bloqueo se trasluce al avanzar por el agotador texto.
Desde luego, hay palestinos buenos y malos. Los últimos merecen morir. Recordando la operación militar a gran escala perpetrada por Israel en 2008, señala que “Nadie sabe cuántos, de los 1.400 palestinos que murieron (frente a 13 israelíes) eran terroristas, pero muchísimos no lo eran”.

A lo largo de su crónica, los testimonios que dice recoger de palestinos apuntan a una sola idea: ellos (la población civil) no son parte de ningún conflicto, sólo están en medio de una guerra entre los “terroristas” y el Estado judío.

Son los “terroristas” los causantes de todos los males. Me pregunto si Hamas, cuyas acciones provocaron el bloqueo, no sabe que tiene responsabilidad en lo que sucede”, inquiere Vargas. En esa frase se resume su lectura del drama palestino.

La gracia principal del reportaje reside en que jamás pronuncia la palabra ocupación. En su infantil versión, hay un problema de seguridad para Israel que no tiene causa alguna, pero que estaría siendo mal abordado. Según él “…los palestinos están atrapados en un conflicto del que son víctimas por asociación. Israel les impone una condena colectiva para vengarse de Hamas, y Hamas los usa para desprestigiar a Israel…” Así de sencillo.

Con habilidad, A. Vargas Llosa comparte una crónica que no es más que una simulación. La artificial separación entre la población palestina y sus movimientos políticos siembra, además, dudas sobre la coherencia de la columna. ¿Se puede hablar de una población “totalmente ajena al conflicto” en una nación castigada cotidianamente por un régimen extranjero?

El discurso compasivo de Vargas Llosa tiene absoluta claridad al distinguir víctimas de victimarios: “¿Cuántos de ellos (los niños palestinos) crecerán sin otro destino posible que el de matar?”

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