portada piñera

Veinte años parecen ser un período suficiente para modelar y transformar radicalmente la identidad de un país. Aunque para ser justos, el período de los gobiernos de la Concertación, que se extingue, no hizo más que consolidar en el plano de las ideas -a fuerza de un cruce de intereses- el trabajo estratégico de la dictadura.

A fuego lento, el lenguaje político  no sólo fue condenado a un vergonzoso empobrecimiento, sino que además sufrió mutaciones, alteraciones profundas que cuajaron con el escenario de la post dictadura. La misma “transición a la democracia” fue abreviada a la inacabada expresión “la transición”. ¿Transición a qué?

La política de los consensos negoció también las palabras. Desde la campaña de Patricio Alylwin, que tal vez para no ofender, reemplazó a “la gente” por el pueblo. Un lenguaje en la medida de lo posible que daba cuenta de la voluntad política de una elite  que no buscaba triunfar, sino compartir.

Aquellos, entregaron sin ninguna resistencia la  producción de información y de opinión a los enemigos de ayer. Se hipotecó el pensamiento, a un extremo tal que  la propia Concertación se empeño en destruir a la prensa alternativa. Y lo logró.

Gracias a ese monopolio ideológico, la dictadura es el gobierno militar, y las fuerzas políticas tributarias de éste, triunfantes hoy en las urnas, son llamadas indistintamente como derecha o “centroderecha.” Resulta ilustrativo conocer el tratamiento que reciben fuera de nuestro país.

La penetración del vacío discurso del cambio responde en buena medida al martilleo , a la legitimación sostenida de la premisa del fin de la política, de la importancia de  las características personales y la consiguiente irrelevancia de los programas de gobierno . De que en definitiva da lo mismo.

Los derrotados de hoy, aceptaron transitar ese camino.

Ahí están los resultados.

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