Se asienta en nuestro país  una cultura que desprecia la atribución de responsabilidades a ciertas instituciones.

Las notorias fallas del aparato estatal para enfrentar las consecuencias del terremoto son minimizadas desde el uso del lenguaje. Los organismos más cuestionados se presentan como piezas independientes, con lo que salvan la responsabilidad política de sus mandos superiores. No fue el gobierno, sino la ONEMI. No fue la Armada, el error fue del SHOA.

El Mercurio publica una entrevista al Comandante en Jefe de la Armada que tiene el evidente objeto de contribuir a dejar indemne la imagen de una institución cuya incompetencia tuvo un alto costo en vidas.  Las fotografías que ilustran la entrevista adelantan un diálogo de guante blanco.

“En terreno”, “emocionado”, son las leyendas bajo las imágenes. El Almirante, que días atrás en TVN había reconocido una responsabilidad compartida en las muertes por la falta de alerta de tsunami, ahora sostiene que “puedo decir que no ha sido la institución la responsable de la pérdida de vidas humanas”.

La prensa, sabemos, no es el cuarto poder fiscalizador. Por omisión, la mayoría, o por  acción  como en el caso de El Mercurio, se suma al poder político en la consolidación de una verdadera doctrina de la irresponsabilidad del mando.

Se trasluce un fuerte deseo de aferrarse al cargo que supera largamente el honor militar.

En ese empeño,  la incondicional reacción de la prensa conservadora persigue dejar atrás rápidamente cualquier asomo de crítica al desempeño de las Fuerzas Armadas, comenzando por reforzar el flanco más débil.

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