El trágico final del General Director de Carabineros José Alejandro Bernales, su esposa y otros oficiales nos conmovió a todos. Que duda cabe, el General poseía un carisma especial. Junto con ello, las circustancias que rodearon su muerte provocaron una espontánea reacción popular que tiene diversas expresiones.

En tanto figura pública, su gestión al mando de Carabineros no ha sido evaluada con suficiente mesura por la mayoría de los medios de información.

Tal vez se diga que no es buen momento para enjuiciar el actual papel de la policía. Pero tampoco es sano que se le asignen al fallecido General atributos que no encuentran un respaldo en la realidad.
Particularmente cuando son los medios quienes, desde arriba, entregan póstumos títulos que no emanan de la misma gente. Es así como se le ha calificado como el “General del pueblo”, una construcción retórica tan inexacta como artificial.

Decimos inexacta, porque es un hecho comprobable que en los últimos años Carabineros desplegó, con la aprobación gubernamental, un accionar represivo incompatible con un estado democrático. Los ejemplos sobran, siendo especialmente grave que en el contexto de conflictos sociales fuera la policía antidisturbios quien diera muerte a dos personas desarmadas. Rodrigo Cisternas, trabajador forestal, baleado ante las cámaras de televisión en 2007 y en enero pasado el estudiante mapuche Matías Catrileo.

Justamente en estos días, Amnistía Internacional se refirió con preocupación al incremento de la violencia policial en manifestaciones públicas. No sería equilibrado culpar únicamente al General Bernales de esta conducta institucional, pero existe la responsabilidad del mando.

 

Lo artificial tiene que ver con la legitimidad. No fue el pueblo quien señaló al infortunado policía como uno de los suyos. Al contrario de lo ocurrido con el Cardenal Raúl Silva Henríquez, quien por su trayectoria de entrega y defensa de los perseguidos se ganó la gratitud de los más. Una gratitud sincera, profunda.

 

Finalmente, es curioso como la prensa retomó el uso de la expresión “pueblo”. Se trata de una palabra semi proscrita, reemplazada casi siempre por otras menos significativas como “ciudadanía” o “la gente “. No es cualquier palabra.

Aún en momentos dolorosos, no es ofensivo demandar que las cosas sean presentadas en su justa dimensión.

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