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Se ufana el candidato Eduardo Frei de abrir debates con sus frases. La fórmula resulta muy cómoda, sencilla, basta con que se declare llano a examinar algunos temas sin tomar posición alguna. Cuenta con la anuencia del oligopolio. La Tercera tomó y transformó en discusión nacional una tibia afirmación del presidenciable sobre el aborto terapeútico. Pero en la cancha se ve otra cosa. Este repentino interés de Frei por confrontar ideas contrasta con la decisión de su comando de limitar seriamente la competencia al interior del propio conglomerado de gobierno. Sin mucho pudor, se negó a que el debate con el radical José Antonio Gómez (muy probablemente el único)  sea televisado a todo el país. Sólo será visto en las regiones de O’Higgins y del Maule.

El juicio político que se pueda hacer de ambas candidaturas es harina de otro costal. Lo realmente claro para cualquiera que tenga un mínimo sentido democrático es que entre la censura y la libre circulación de las ideas, nuestras elites siempre preferirán lo primero. Es un mal de la transición.

Más preocupante aún es que la discriminación se ejerza sin piedad dentro del mismo oficialismo. El mazazo violento del cuoteo tiene muchas caras y su raíz profunda es el miedo. La mordaza es una práctica política muy normal. Para qué levantar a Gómez si total ya está invisibilizado, poca cabida tiene en los medios que ya resolvieron que los candidatos son dos.

La pregunta cae de madura ¿Que quedará para el resto? ¿Que porcentaje de cobertura en televisión tendrán los sobrevivientes de esta primera etapa?   Alejandro Navarro, Arrate , Enríquez-Ominami, incluso Zaldivar son y serán los discriminados de turno.

 El soberano, en tanto, una vez más decidirá sobre dos opciones predefinidas que tendrán una que otra diferencia “valórica”, las dos alternativas que recordarán de tantas veces que escucharán sus nombres. Tal vez sea hora de levantar una propuesta política que transmita la necesidad de contar con una gota de pluralismo informativo, al menos cada cuatro años.

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