5 de Octubre: ¿Se conquistó la libertad de expresión?

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Apelando a la nostalgia, a la experiencia íntima de cada uno. Así se quiere recordar el triunfo del No de aquél 5 de octubre de 1988, y tal vez sea la única forma que quede a mano. Las promesas de cambio, las expectativas populares de dejar atrás no sólo una dictadura brutal, sino que de construir una democracia auténtica fueron olvidadas con cierta rapidez.

Sería largo exponer cada uno de los incumplimientos y esperanzas frustradas que viene sembrando la eterna transición a la democracia. Si sólo nos remitimos al ámbito de la libertad de expresión el panorama no puede ser más deprimente, entendiendolo eso sí como coherente con un cuadro general dado por un sistema político elitista, funcional a unos intereses económicos transversales y protegido por unos mecanismos institucionales aparentemente inmodificables (binominalismo, tribunal constitucional…). Es decir, lógicamente derivado del diseño dictatorial plasmado en la Constitución de 1980, aún vigente después de dos décadas de la “gesta épica”.

 

¿Que se avanzó en el plano del derecho a la información y libertad de expresión? Al menos no se persigue con escuadrones de la muerte a los periodistas que se atreven a disentir, lo que ya es bastante.

analisis.jpgExijamos un poco más. No es un misterio que a 1988 existía mayor pluralismo en los medios escritos que el día de hoy. Fortín Mapocho, las revistas Apsi, Hoy, Análisis, Página Abierta fueron  parte de la prensa que se enfrentaba con al régimen y a su aparato de relaciones públicas: El Mercurio y La Tercera, a la larga los únicos sobrevivientes de una batalla en que la existencia de una “quinta columna” fue decisiva.

 

Efectivamente, según relató este año el Premio Nacional de Periodismo Juan Pablo Cárdenas, fueron sucesivas operaciones políticas emprendidas por Patricio Aylwin, Enrique Correa, Belisario Velasco, entre otros hombres de la transición, las que forzaron el cierre y bloquearon las fuentes de financiamiento de estos medios críticos, probablemente en cumplimiento de un pacto mayor con la saliente dictadura y el duopolio Copesa-Edwards.
De este modo se previno el problema futuro de tener una prensa “díscola” y se ganaron dos buenos aliados que de vez en cuando juegan a ser oposición.
¿Política ficción? Queda invitado a leer el informe de la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados sobre el Avisaje Estatal en medios de comunicación. A la fecha del informe, el 77 % de los recursos estatales destinados a ese concepto eran absorbidos por El Mercurio y Copesa, 48 por ciento para el primero y 29 para el segundo.

 

Si esto no es ya demasiado evidente, conviene detenerse en la pertinaz oposición de los gobiernos de la Concertación a que el Estado indemnice a los dueños del diario Clarín, impidiendo la emergencia de una voz independiente.
Aquella afirmación de Tironi sobre que “la mejor política comunicacional es no tener política comunicacional”, en verdad carecía de sinceridad.

 

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Tampoco existen cambios positivos en una televisión dramáticamente plana . Ni siquiera podríamos hablar de un canal “de gobierno” que exprese  propuestas programáticas o bien políticas públicas con una pretensión de informar e integrar que trascienda la propaganda pura y simple.
No. Televisión Nacional es fiel reflejo del espirítu de la transición: un canal que exhibe un equilibrio artificial, que no informa ni asusta a nadie. Fruto de rituales transacciones en el Senado y de la limosna publicitaria de Falabella, de las AFPs y otros gigantes que determinan en definitiva el imperio de la chabacanería, la ignorancia y la censura.
La producción nacional es vetada en sus pantallas, como aparece de manifiesto en el extenso listado de “Documentales autocensurados por TVN” elaborado por el  Programa de Libertad de Expesión de la Universidad de Chile.

¿Será que, cómo afirma Patricio Bañados, el plebiscito lo ganó el Sí?

En definitiva, lejos de haber obtenido una prensa libre, plural y abierta, tenemos un espacio público estrecho propio de una estrategia comunicacional de contención: no tiene cabida un debate sobre la propiedad del cobre, del sistema de pensiones, demandas laborales, la estructura impositiva, las tarifas de los servicios públicos…. en fin, temas de directa incidencia en el diario vivir de las personas, reemplazados por realidades virtuales que empobrecen el lenguaje y las mentes.

En estos días de discursos  bien vale la pena escudriñar más allá de sentimentalismos que no son del todo auténticos, buscando un contenido, una reflexión que valore el acto desafiante de aquellos millones que votaron que No, de aquél pueblo al que se le arrebató hasta su propio nombre, para pasar a llamarse “la gente”.

Justo es conmemorar el plebiscito y congratularse de la victoria alcanzada, siempre que no se  evada una interrogante (aplicable a todos los campos) tan simple cómo vital: ¿qué esperábamos?

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